Dharma
- Arturo Larrahondo A
- 27 abr 2020
- 5 min de lectura

Pasaban los días con mis pies arrastrados por el suelo, mi cabeza gacha para esquivar miradas y evitar tropezar con alguna piedra. Mi garganta intentaba inútilmente romper el silencio lanzando gritos mudos al viento, gritándole a un mundo sordo y egoísta que se negaba a cambiar a toda costa. Quería desgarrar mi cuerpo, y los rasguños en mi piel eran prueba fiel de ello. La contradicción diaria entre lo que quería ser y hacer, y lo que en verdad era, el fantasma vagabundo que arrastraba sus cadenas en poemas tristísimos y filosofía utópica en la que depositaba sus pocas esperanzas. Era una tormenta en un día soleado, y la tristeza me invadía sin razón aparente. El odio escapaba por cada uno de mis poros, contra la gente, contra el mundo errante en el que me había tocado habitar.
Melancolía, el arte de la autoflagelación, el placer del malestar. La vida pasaba ante mis ojos, y nada me sorprendía, no se asomaba en mi rostro el esbozo de una sonrisa hacía ya tiempo, y en mi mente aparecía un flashback que me avergonzaba, los demonios que había creado no se iban y se alimentaban de mí, y yo ya había cedido, solo me resignaba a ser devorado, esperaba con ansias el día de mi muerte. Mis días se volvieron somnolientos, mi cuerpo era un tajo en la silla, diría Alejandra, intacto e inmutable. Nadaba ahora en el vacío de mi interior y mis ojos observaban sin parpadear hacia el fondo del abismo, sentía el dolor de la gente que intentaba ayudarme, el sufrimiento que les causaba a ellos me impactaba mil veces más a mí, pero no podía hacer nada, estaba en estado de coma.
En algún lugar de ese mundo inerte en el que ahora habitaba mi mente existía un ínfimo deseo de migrar a un lugar lejano donde pudiera ser lo que nunca fui. Detestaba ser observado, pero ante la desesperación cedí y pasé ante los ojos de psicoterapeutas y loqueros. Mis demonios tenían ahora nombres, fobia social, trastorno límite de la personalidad –borderline-, trastorno depresivo mayor, distimia, nombres y más nombres, que a la larga no daban claridad sobre qué era lo que me pasaba. La medicación nunca surtía efecto, la sensación de estar concentrado pero sedado a la vez no generaba en mi ningún efecto positivo, ni menos aún, de felicidad. Siempre deteste las drogas, legales o no. Terminé abandonando mi medicación, desistí de volver a pasar por los ojos cuadrados de un psicoterapeuta.
Ahora era un lobo estepario, luchando contra el peor de mis enemigos, contra mí mismo. Ahora mi camino era aún más solitario que antes, pero mis pisadas eran más firmes. Decidí aventurarme a conocer nuevas culturas, a tener nuevas experiencias y a caminar por fuera del sendero, sabiendo que ahora había mucho que ganar, y nada que perder. Tenía que cambiar hábitos si de verdad quería lograr renacer, olvide todas mis lecturas matutinas, mis poemas ya no eran un castigo, ahora escribía como una forma de terapia, el cine se convirtió en mi mejor amigo. Aunque desde hacía algún tiempo meditaba, no lo había hecho a conciencia, empecé a experimentar con nuevas técnicas y más aún con nuevas filosofías, mucho menos decadentes que las que gobernaban mi vida hace algún tiempo.
-Impermanencia-, la última gota de agua que beberé, el último estruendo que escapará de mi garganta, la abrupta sonrisa que dibujé hoy tal vez no se repita jamás. Vive el momento, me decía, está era la enseñanza budista que más me había impactado hasta ahora. El devenir de la vida, el río del tiempo y yo la piedra que no se deja arrastrar con la corriente. Día a día intentaba cultivar esta idea en mi cabeza, para así disfrutar cada instante, dejando de ser un simple espectador y convirtiéndome en el actor principal de una historia que hasta ahora había considerado ajena. El pasado que me atormentaba intentaba tomar aire entre las turbulentas aguas, pero agonizaba a cada momento, ahora solo subsiste en mi mente el recuerdo borroso de aquel demonio que torturaba mi diario vivir. Impermanencia, migrar de un instante de tiempo al siguiente, estar siempre en movimiento para permanecer en el mismo lugar, el presente.
Como muchas personas, mi ideal de vida apuntaba a una vida sencilla, pero con el ideal de querer cambiar un mundo que consideraba ilógico. Con el paso de los años, el idealismo que me mantenía vivo fue decayendo, perdiéndose en la idea resignada de que esta realidad es absurda e irrevocable, que no tiene sentido desgastar mis impulsos en querer mutar lo inmutable. La resignación no surgió para dejarme llevar por la corriente de lo que consideraba incorrecto, la resignación tan solo transformo un ideal que consideraba bello, en un odio absurdo contra todo. Si no puedes contra el mundo, huye de él, esa era mi nueva filosofía, era un extranjero en mi propia tierra. Mi mirada ya no era soñadora porque ahora un ceño fruncido cubría cualquier capacidad de mirar el horizonte, mi actitud era explosiva y mi ira se encendía ante la más mínima chispa.
-Compasión-, comprendí que los problemas complicados suelen tener las soluciones más simples, y que si bien mis sueños seguían vivos ahora andaban por un camino empedrado, donde el odio dominaba, vivía atormentado por el miedo y me sentía de alguna manera perseguido y culpable por toda la maldad que deseaba. No podía soñar con algo mejor sino era capaz de ponerme en los zapatos de otros, de sentir el sufrimiento ajeno como propio y de intentar dar felicidad a los demás. Empezando a entender esto, la culpa que sentía empezó a evaporarse, me enfoqué en comprender que yo no era el único que sufría, que muchos sufrían a mí alrededor, y que yo, al ser egoísta, no lo veía.
–Karma- me daba cuenta que el odio que cultivaba cuidadosamente contra otros era recíproco, “Aferrarse al odio es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera”. De esta misma forma, las buenas acciones y los buenos pensamientos pueden ser devueltos, hablar con otras personas y verlas como espejos, ver que en ellos también hay problemas y que no todo gira a mí alrededor. La sociedad que detesto, no funciona bien por culpa de la gente que actúa tal como yo actuaba en esas épocas. Somos un tejido, en el que todos debemos alimentar a todos física, espiritual y emocionalmente, el ego y el individualismo predominan porque no nos sentimos parte de un grupo, el día a día radica en hacer infelices a los demás en lugar de hacernos felices. “La felicidad solo es verdadera cuando es compartida” escribió Chris McCandless en su diario antes de morir, no podemos añorar ser felices si nuestro entorno está dominado por sufrimiento y tristeza, no hay mayor felicidad que la de hacer felices a otros.
Al escribir hoy estas palabras, me alegro de nombrar los verbos en pasado, de pensar que esa etapa de mi vida acabó y que la historia no se va a volver a repetir. Me alegro de que mis antiguos sueños sigan vivos, pero que ahora vayan por un camino más amable para mí y para los demás. El budismo, de la forma en la que se le quiera ver, religión o filosofía, para mí significó un gran cambio, la bondad y la compasión son el medio a seguir para alcanzar la felicidad. Hoy no me queda más que gratitud y un deseo de ayudar a otros que posiblemente estén pasando por lo que yo pasé. La mejor forma de aprender es enseñando, y la mejor forma de ser feliz, es haciendo a otros felices.




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