Atentado
- Arturo Larrahondo A
- 17 ene 2019
- 3 min de lectura

En medio de un sueño sin señal, de esos que me rodean con un velo de oscura tranquilidad, de los que arrullan bajo el sonido casi imperceptible de la respiración y el abrigo de unas cobijas cálidas sobre mi cuerpo, apareció de forma sorpresiva la intranquilidad sonora de una explosión, y en ese instante fugaz en el que es imposible discernir entre el noble acto de soñar y el azar de la realidad, se filtró por mis oídos el sonido escandaloso y estridente de un cristal roto en la mañana, de un bajo retumbando sobre el techo de mi casa, y fue así como la paz de un sueño se rompió al estrellarse de cara contra la dura realidad.
Durante esos microsegundos de inconsciencia, alguien golpeaba mi puerta de forma desesperada -mi perro quiere que le abra para entrar a saludarme, pensé, de forma inocente-, el ensueño terminó en un instante, y aquellos golpes en mi puerta se tradujeron en una vibración, en un martillo que incesantemente golpeaba con el único fin de alterar la paz de un soñador. Aunque aún no lo sabía, alguien estaba tras mi puerta, y era el espíritu indolente -tal vez inmortal-, de la violencia, el espíritu de la insensatez.
Abrí la puerta y no vi a nadie, el sonido terminó casi tan rápido como empezó, en mi estado aún somnoliento ese instante pareció una eternidad. Ahora solo quedaba el ruido de la mañana, de mis padres hablando a lo lejos, de los carros pasando sobre la autopista, y de la radio sonando en la cocina, anunciando el prólogo de la cotidianeidad. Mientras bajaba, el sonido del pequeño parlante se hizo más claro a cada paso que daba. Explosión, bomba, heridos y cuerpos mutilados, esas fueron las palabras que anunciaron el comienzo de este día. Las voces de mis padres hablando de la situación, los teléfonos sonando, las ambulancias y los helicópteros marcaron el himno de lo que sería la nueva aparición de la violencia que hasta entonces había preferido el silencio como arma, la que ante la indolencia de las ciudades huyo a los pueblos, solo para tomar fuerza y volver.
La onda expansiva de la explosión no arrastró consigo solamente vidrios rotos, heridas graves e historias de vidas inconclusas. Intempestivamente, trajo el recuerdo de otros tiempos de la sangrienta historia de este país, tiempos dónde la creatividad de la guerra ahondaba en carros y collares bomba, masacres, torturas y un millar más de formas creativas para causar sufrimiento. Estos tiempos, hoy se vuelven a vivir en carne propia, la violencia vuelve a gritar desagarrando cada fibra de su ser. Mismos perros con diferente collar vuelven a ladrar en los oídos de quienes quieren el silencio de la paz, muy distinto al silencio de la muerte.
Televisión y radio, evocan su tradición inmemorial de narrar miseria y muerte. Hoy ninguna historia, buena o mala, puede competir contra el protagonismo que se lleva la violencia en sus hombros. Minuto a minuto el titular cambia, anunciando que el número de vidas que arrastró el retumbar de la explosión es mayor, que el número de heridos de gravedad incrementa, que las versiones sobre la autoría son cambiantes. Nuevas dudas surgen a cada declaración, ¿cómo lo hicieron?, ¿quién fue?, ¿cuáles son las razones?, ¿autoatentado?, ¿guerrilla?, ¿estado?, las preguntas son infinitas, las respuestas pocas, y las razones son inútiles.
La razón, ese sí es un problema, ¿quién la tiene?, ¿quién se la llevó?, ¿quién se la robó?, la justificación de lo ocurrido, y de lanzar culpas a diestra y siniestra es un problema que, por insensible que suene, va más allá de un anuncio funerario, de las lágrimas de una víctima o de la sonrisa vil de los asesinos. En el fondo hay un juego macabro, y la competencia política en torno al trofeo de la razón es la lucha imperante, el comercio de conciencias, y la disociación de bandos es el premio mayor, premio que a futuro no será más que la piedra angular que sostendrá nuevos episodios de violencia y rencor entre hermanos. Y es así, como la guerra y la muerte siguen alimentándose bajo la premisa inútil de la razón, la razón que nadie tiene, la que se robaron, la de la ausencia que nos dejó condenados a vivir en el país de la sinrazón.
“La razón es una rata muerta (…) Mire en torno de su adorado universo y no verá más que cadáveres sacrificados por la Justicia, el Amor, la Libertad, la Paz, y las demás porquerías de la Razón humana.” – Gonzalo Arango




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